≡ Menu

Domingo de la Pasión del Señor/ Domingo de Ramos / Homilia San Juan Crisostomo

Suscribete
Suscribete
Siguenos
Twitter
Visit Us
Follow Me
RSS

Y Jesús fue presentado delante del gobernador, y el gobernador le preguntó,
diciendo: ¿Tú eres el rey de los judíos? Y Jesús le respondió: Tú lo dices. Y al
ser acusado por los sacerdotes y ancianos del pueblo, nada respondió (Mt
27,11 ss).

JESUS CONFIESA SU REALEZA
Mirad cómo lo primero que el gobernador examina es lo que los enemigos del Señor traían y llevaban. Porque, como vieron que Pilatos no hacía caso
alguno de lo que ellos habían tratado, derivan su acusación del Señor hacia
los delitos políticos; así lo hicieron también más adelante contra los
apóstoles, a quienes no se cansaban de acusar que andaban por todas partes pregonando por rey a un tal Jesús

1. Y es que hablaban del Señor como de un puro hombre y atribuían a sus apóstoles ambiciones de poder tiránico. De ahí resulta evidente que todo aquel rasgarse las vestiduras el sumo sacerdote y sus aspavientos de espanto fue pura comedia. Lo que hacían era moverlo y revolverlo todo a trueque de llevar a Cristo a la muerte. Como quiera, eso fue lo que Pilatos le preguntó entonces. ¿Qué responde, pues, Cristo? Tú lo has dicho. Confesó Cristo que era rey, pero rey del cielo. Lo cual dijo, en otro evangelista, más claramente, respondiendo a Pilatos: Mi reino no es de este mundo

2. Así, ni los judíos ni Pilatos podían tener motivo alguno al acusarle de esto. Y da seguidamente una razón irrebatible: Si yo fuera de este mundo, los míos lucharían para que no fuera entregado. Justamente para eliminar toda sospecha en ese punto, el Señor había pagado el tributo y había mandado a los otros que lo pagaran; y, cuando le quisieron hacer rey, él huyó. —Por qué, pues—me dirás—, no alega Él todo eso cuando se le acusa de aspirar a la tiranía? — Porque ya tenían en los hechos de su vida mil pruebas de su poder, de su mansedumbre y modestia y, sin embargo, estaban voluntariamente ciegos. El tribunal, por tanto, estaba corrompido. De ahí que no contesta a nada, sino que calla. Sólo con breves palabras, a fin de no dar con un silencio absoluto la impresión de arrogancia, contesta cuando le conjura el sumo sacerdote y cuando le interroga el gobernador; mas a las acusaciones que se le hacen, ya no contesta absolutamente, pues sabía que no los había de convencer. Así lo había de antemano manifestado el profeta, diciendo: En su humillación fue quitado su juicio

3. El gobernador se quedó maravillado de ello. Y a la verdad, cosa de maravilla era ver tanta modestia y cómo callaba, cuando hubiera podido decir infinitas cosas. Por-que no le acusaban porque realmente supieran nada malo contra Él, sino de pura envidia y malquerencia. En efecto, cuando los falsos testigos nada pudieron alegar contra el Señor, ¿por qué sus enemigos insisten en su empeño de condenarle a muerte? Y cuan-do vieron expirar a Judas, y a Pilatos que se lavaba las manos, ¿cómo no sintieron ellos el menor remordimiento? A la verdad, muchas cosas hizo el Señor aun en este mismo tiempo, a fin de hacerles entrar dentro de sí mismos, pero con ninguna de ellas se corrigieron. ¿Qué le dice, pues, Pilatos? ¿No oyes cuántas cosas atestiguan contra ti? En realidad, Pilatos quería que el Señor se defendiese, y así librarle. De ahí su pregunta. Mas como vió que nada le contestaba, se leocurrió otra salida. ¿Qué salida?

JESUSY BARRABÁS
Tenía costumbre de soltarles por pascua a un condenado, y por aquí intenta
Pilatos poner a Jesús en libertad. Si no queréis —parece decirles—que se le
suelte como inocente, por lo me-nos hacedle gracia como a condenado, en
honor de la fiesta. ¡Mirad cómo se trastorna aquí el orden! La petición en
favor de los condenados era costumbre que la hiciera el pueblo; la gracia,
naturalmente, tocaba al gobernador. Aquí sucede al revés: el gobernador es
el que pide al pueblo, y ni aun así se amansan aquellas fieras, sino que se
enfurecen más y más y gritan arrebatados de furor por la pasión de la
envidia. Porque nada tenían de qué acusarle, y eso que el Señor estaba
callado. Mas aun así los confundía por la evidencia de su vida santa, y,
callando, vencía a los que en su frenesí lanzaban contra Él mil acusaciones.
Mas, estando el gobernador sentado en el tribunal, le envió recado su mujer
diciéndole: No te metas para nada con ese justo, pues mucho he padecido
hoy, en sueños, por causa suya. Mirad cómo nuevamente sucede algo que
hubiera bastado para hacerles desistir de su intento. No era, en efecto, poco
que a la prueba y demostración de las cosas se juntara también el sueño.
Mas ¿por qué razón no es Pilatos el que lo ve? O porque su mujer acaso era
más digna o porque, de haberlo visto él, no le hubieran creído y quizá ni lo
hubiera revelado. Por eso la Providencia dispone que sea la mujer quien lo
vea, de modo que a todos fuera manifiesto. Y notemos que no se trata
simplemente de ver, sino que también sufre mucho, a fin de que, por
compasión a su mujer, fuera Pilatos con más tiento en el asunto de la muerte del Señor. Y no había de ser de poco peso el tiempo mismo, pues la visión fue vista aquella misma noche. Se dirá que no era seguro para Pilatos soltar al Señor una vez que sus enemigos le acusaban de que se hacía rey. —Pues que buscara pruebas y argumentos y cuanto suele ser señal de ambición a la realeza: si había juntado tropas, si había reunido dinero, si había hecho fabricar armas, si tenía planes por el estilo. Pero no, Pilatos se deja arrastrar sin averiguación ninguna. De ahí que tampoco a él le absuelve Cristo de culpa, diciendo: El que me ha entregado a ti, mayor pecado co-mete que tú. Su condescendencia fue acto de debilidad; debilidad, habérselo entregado después de azotarlo. Pilatos, pues, fue cobarde y débil; los sumos sacerdotes fueron malvados y pérfidos. Porque apenas el gobernador tuvo una idea, es decir, la ley de la pascua que mandaba soltar a un condenado, ¿qué traman aquéllos? —Persuadieron—dice el evangelista—a la chusma que pidieran a Barrabás


“¡CRUCIFÍCALE! ¡CRUCIFÍCALE!’
Mirad cuánta solicitud despliega el Señor para librar de culpa a los judíos y
cuánto empeño ponen ellos para que no les quede ni sombra de defensa.
Porque ¿qué debieran haber hecho? ¿A quién debiera haberse soltado: al
criminal convicto o al dudoso? Pues si era de ley soltar a los convictos, con
mucha más razón a los dudosos. ¿Es que Jesús les parecía peor que los
asesinos declarados? Porque por eso no dice simplemente el evangelista que tenían un bandido, sino uno famoso, es decir, célebre por su maldad, por las muchas muertes que había co-metido. Y, sin embargo, éste anteponen al Salvador del mundo, y ni respetaron el tiempo, con ser santo, ni las leyes de la humanidad, ni nada semejante. La envidia los había cegado de una vez para siempre, y, no contentos con su propia maldad, corrompieron también al pueblo, a fin de pagar también el último suplicio por el engaño de éste. Como hubieran, pues, pedido a Barrabás, les dice Pilatos: ¿Qué voy, pues, a hacer de Jesús, el que se llama Mesías? Así quería todavía conmoverlos, dejando en sus manos la elección, a ver si por vergüenza al menos pedían la libertad de Jesús, y todo fuera así obra de su generosidad. Si les hubiera dicho: “No ha pecado”, los hubiera hecho más pertinaces; mas pedirles que le salvaran por humanidad, era un modo de persuadir y de pedir que no admitía contradicción. Mas, aun así, ellos le contestaron: ¡Crucifícale, crucifícale! Y él les replica: ¿Pues qué mal ha hecho? Y ellos gritan con más fuerza: ¡Sea crucificado! Y Pilatos, viendo que nada conseguía, se lavó las manos diciendo: Inocente soy de la sangre de este justo. Entonces, ¿por qué le entregas? ¿Por qué no le sacas de entre sus garras, como hizo el tribuno con Pablo? 5 También él sabia que hubiera dado gusto a los judíos entregando al Apóstol, y por causa de éste se levantó un tumulto y sedición; pero se mantuvo firme frente a todo. No así Pilatos, que fue un cobarde y un débil. Todo estaba allí corrompido, porque ni el gobernador supo hacer frente al pueblo, ni el pueblo a sus dirigentes. No les quedaba, pues, defensa por parte alguna. Porque cada vez gritaban más, es decir, con más fuerza: Que sea crucificado. Porque no sólo querían matarle, sino añadir a la muerte la ignominia, y cuanto más el juez lo contradecía, más se obstinaban ellos en vociferar lo mismo. Mirad cuánto hizo Cristo por hacerles, volver atrás. Como muchas veces había tratado de disuadir a Judas, así trató también de retraer a éstos de su intento, no sólo a lo largo de todo el evangelio, sino también en el momento mismo de su juicio. A la verdad, cuando vieron al que era gobernador y juez que se lavaba las manos y decía: Inocente soy de esta sangre, razón era se hubieran conmovido por palabras y hechos; lo mismo digamos cuando vieron ahorcarse a Judas y al mismo Pilatos que les rogaba tomaran para condenarle a otro en lugar de Jesús. Porque cuando el acusador y traidor se condena a sí mismo, cuando el juez absuelve de toda culpa, cuando tal visión aparece aquella misma noche, cuando, en fin, el gobernador lo reclama como a condenado, ¿qué defensa tendrán los que se obstinaron así contra Cristo? Porque ya que no querían que fuera inocente, por lo menos no debían haberle antepuso un bandido, y un bandido declarado y famoso.
¿Qué hacen, pues, ellos? Como vieron que el juez se lavaba las manos y
decía: Inocente soy de esta sangre, gritaron: Que su sangre caiga sobre
nosotros y sobre nuestros hijos. Y entonces ya, al oír cómo pronunciaban
sentencia contra sí mismos, Pilatos les consintió hacer todo lo que querían.
Pero mirad también aquí la extrema locura de los enemigos de Cristo. Tal es
el impulso irracional y la pasión perversa: no deja ver nada de lo que
conviene. Porque pase que os maldigáis a vosotros mismos. ¿Por qué habéis
de extender también la maldición a vuestros hijos? Sin embargo, el Señor,
misericordioso, no obstante esa locura contra ellos mismos y contra sus
hijos, anuló la sentencia, no sólo en cuanto a los hijos, sino en-cuanto a ellos
mismos, y recibió a cuantos hicieron penitencia y los colmó de infinitos
bienes. De ellos, en efecto, era Pablo; de ellos los miles de creyentes que
había en Jerusalén: Ya ves, hermano—le dice Santiago al mismo Pablo—,
cuántos miles han creído en Dios de entre los judíos 6. Y si algunos se
obstinaron, a ellos solos ha de echarse la culpa del castigo. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo flagelado, lo entregó para que fuera crucificado. —¿Por qué lo mandó flagelar? —Quizá como a condenado, o porque quería dar alguna apariencia al proceso, o, en fin, para congraciarse con los judíos. Su deber, empero, era haber resistido. A la verdad, antes de llegar aquí había dicho: Tomadle allá vosotros y juzgadle conforme a vuestra ley 7. Y muchas eran las cosas que podían haberles hecho volver atrás a él lo mismo que a los judíos: los milagros y prodigios del Señor, la infinita paciencia con que lo sufría todo y, sobre todo, su inefable silencio. Porque si es cierto que en su defensa y en su oración había dado muestras de su humanidad, en su silencio y en su desprecio de las acusaciones que se le dirigen las da de su elevación y magnanimidad de alma. Por lo uno y por lo otro trata de atraerlos a su admiración; mas ellos no cedieron a nada.

NO DESPRECIEMOS LAS FALTAS PEQUEÑAS
Es que, cuando los pensamientos quedan prisioneros como de una
borrachera o de una locura absurda, es muy difícil levantarse, si el que ha
caído no tiene un alma muy generosa. Porque terrible cosa es, terrible, dar
lugar a estas pasiones. De ahí la necesidad de rechazarlas a todo trance y de
no permitirles la entrada en el alma. Porque, una vez que se han apoderado
de ella y la dominan, como un incendio que estalla en un bosque, tal es la
llama que allí levantan. Por eso, yo os exhorto a que no dejéis piedra por
mover a fin de cerrarles la entrada. Y no os consoléis con el pensamiento
corruptor del alma y principio de toda maldad de los que dicen: ¿Qué importa esto, qué importa lo otro? He ahí el origen de infinitos males. Porque el diablo, que es muy perverso, sabe usar de mucha astucia, de mucha constancia y también de mucha condescendencia para la perdición de los hombres, y sus ataques empiezan por lo pequeño. Mirad si no. El diablo quería llevar a Saúl a los embaucamientos de la pitonisa. Pero si se lo
hubiera sugerido desde el principio, Saúl no le hubiera prestado la menor
atención. ¿Cómo le iba a hacer caso quien las había expulsado de su reino?
De ahí que le vaya conduciendo suavemente y por sus pasos contados.
Primero le hizo desobedecer a Samuel y que ofreciera el holocausto sin estar presente el profeta. Cuando éste le re-prende, él se exousa de que
apremiaba la necesidad de los enemigos; y cuando debiera llorar, se queda
como quien no ha hecho nada. Luego Dios le mandó el castigo de los
amalecitas, y también en esto desobedeció. De aquí pasó a los pecados
contra David, y así, poco a poco y suavemente, fue resbalando sin parar,
hasta precipitarse en el abismo de su perdición. Lo mismo hizo el diablo con Caín. No le empujó de golpe a matar a su hermano, pues no le hubiera
persuadido. Primero hace que ofrezca a Dios lo peor de sus bienes, diciendo: Esto no es pecado alguno. Luego encendió en él la malquerencia y la envidia, diciéndole también: Esto tampoco tiene importancia. Lo tercero le persuadió que le matara .y luego negara ante Dios su crimen; en fin, que no le dejó hasta que puso el colofón de todos los males.


HAY QUE RESISTIR A LOS PRINCIPIOS
De ahí la necesidad de resistir a los principios. Aun cuando los primeros
pecados hubieran de detenerse en sí mismos, no habría en manera alguna
que despreciarlos; pero es lo cierto que, si el alma se descuida, tienden a
hacerse cada vez mayores. Por eso hay que poner todo empeño para
cortarlos desde el principio. No miremos a la naturaleza de los pecados, no
miremos a que son pequeños, sino a que, descuidados, se convierten en raíz
de otros mayores. Y si es lícito decir algo sorprendente, yo diría que las
grandes faltas no requieren tanta cautela como esas aparentemente
pequeñas y sin importancia. Porque las grandes, la naturaleza misma del
pecado nos las hace evitar, mas las pequeñas, por el hecho mismo de serlo,
nos llevan a la negligencia y no nos dejan levantarnos valientemente para
darles muerte. De ahí que, si nos dormimos, rápidamente se convierten en
grandes. Lo mismo cabe ver en las enfermedades del cuerpo. Así se produjo
en Judas aquel su horrible pecado. Porque si no hubiera tenido por cosa
pequeña robar el dinero de los pobres, no hubiera parado en la traición del
Señor. Y si los judíos no hubieran tenido por cosa pequeña dejarse llevar de
la vanagloria, no se hubieran deslizado hasta el asesinato de Cristo. De ahí
puede muy bien verse que proceden todos los males. Nadie salta
rápidamente y de golpe a la maldad. Porque tiene, tiene indudablemente el
alma cierta ingénita vergüenza y pudor ante el mal, y no es posible que de
golpe y todos de vez sean víctima de la desvergüenza. No. La perdición viene poco a poco e insensiblemente, apenas el alma se entrega a la negligencia. De este modo se introdujeron en el mundo las idolatrías, al honrar más allá de la medida a hombres vivos o difuntos; así se adoraron las estatuas; así vino a dominar la fornicación, así otros muchos males. Mirad si no. Uno se ríe inoportunamente, otro le reprende; pero viene un tercero, que quita todo miedo, diciendo: ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué mal hay en reírse? ¿Qué puede venir de ahí? De la risa viene la chocarrería, de ahí las palabras torpes, y de ahí la acción fea. A otro se le reprende de calumniar a su prójimo, de injuriarle o de maldecirle, y lo desprecia diciendo: El hablar mal no es nada. El hablar mal engendra odios inexplicables, enemistad irreconciliable, injurias sin cuento; de las injurias vienen las riñas, y de las riñas, muchas veces las muertes.


OTRAS TRAZAS DEL DEMONIO: EL DESALIENTO Y LAS APARIENCIAS
DE VIRTUD

Así, pues, aquel maligno espíritu, de lo pequeño sabe pasar a lo grande, y de
lo grande, a la desesperación, que es otra traza suya peor que la primera.
Porque no nos pierde tanto el pecar como el desesperar después de haber
pecado. El que ha pecado puede, rápidamente por la penitencia remediar lo
pasa-do; pero si se desalienta y no se arrepiente, con ello se hace imposible
la curación al no aplicar los remedios de la penitencia. Y todavía nos tiende
una tercera emboscada, la más grave de todas, y es cuando cubre los
pecados con apariencia de piedad. —Y en qué caso—me dirás—puede tener
tanta fuerza el diablo que hasta ese punto nos engañe? —Escucha y guárdate de sus embustes. Mandó Cristo por medio de Pablo que la mujer no ha de separarse de su marido y que no han de defraudarse el uno al otro, si no es de común acuerdo; pero algunas, sin duda por amor de la continencia, se han apartado de ellos y, creyendo hacer un acto piadoso, se han precipitado a sí mismas al adulterio. Considerad cuán grande mal ha resulta-do; pues, tras haber sufrido tanto trabajo, han merecido los más duros reproches y la última pena y empujaron a sus maridos al abismo de la perdición. Otros a su vez, absteniéndose de comer por seguir la ley del ayuno, han terminado por declarar abominables los alimentos, y esto también merece muy grande a los que ríen, y en todas partes trata de cortar los principios y matar las semillas del pecado, y hasta de una palabra ociosa nos dice que tendremos que darle cuenta. De ahí que Job no sólo procuraba curar las acciones de sus hijos, sino también sus .pensamientos. Sobre no desalentarse dice la Escritura: ¿Acaso el que cae no se levanta? ¿Acaso el que se aparta ya no vuelve? Y otra vez: Yo no quiero en manera alguna la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Y: Si hoy oyereis su voz… Y de nuevo: Hay alegría en los cielos por un pecador que hace penitencia. ¡Y cuántas sentencias y ejemplos semejantes no hay en la Escritura! Y sobre no perdernos con apariencias de piedad, escuchad lo que dice Pablo: No se consuma ése por el exceso de su tristeza.


EXHORTACIÓN FINAL: NO DESPRECIEMOS FALTA ALGUNA PEQUEÑA
Sabiendo, pues, todo esto, pongamos como una muralla a todas esas mañas
que pervierten a los tibios, el conocimiento que nos dan las Escrituras. No
digáis: ¿Qué mal es mirar curiosamente a una mujer? Pues si cometes el
adulterio en tu corazón, pronto lo cometerás también en la carne. No digas:
¿Qué tiene que ver que pase de largo junto a este pobre? Pues si pasas de
largo por uno, luego pasarás por otro, y luego por otro. Ni tampoco digas:
¿Qué inconveniente hay en codiciar lo de mi prójimo? Eso fue, eso, lo que
acarreó la perdición de Acab, a pesar de que pagó el precio del campo. Pero
lo tomó contra la voluntad de su dueño. Porque no hay que comprar a la
fuerza, sino persuadiendo. Si, pues, quien pagó el precio conveniente así fue
castigado, por sólo haberlo tomado contra voluntad del dueño, el que ni eso
hace, sino que roba al que no quiere dar, y eso viviendo en la ley de gracia,
¿qué castigo no merecerá? Así, pues, para no merecer ese castigo,
mantengámonos limpios de toda violencia y de toda rapiña, guardémonos no sólo de los pecados, sino de sus principios, y practiquemos la virtud con el mayor empeño. Y de este modo alcanzaremos los bienes eternos, por la
gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por
los siglos de los siglos. Amén.

Segunda Homilia
Entonces los soldados del gobernador, llevando a Jesús al pretorio, juntaron
en torno a El a toda la cohorte. Y desnudándole, le echaron encima una
clámide color de púrpura, y, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron
sobre la cabeza, y una caña sobre su derecha. Y doblando su rodilla delante
de El, le escarnecían diciendo: Salve, rey de los judíos (Mt 27,27ss).


LOS SOLDADOS INSULTAN AL SEÑOR
Como de común acuerdo, el diablo había entonces entra-do en todos los que
rodeaban al Señor. Porque pase que los judíos, consumidos de envidia y
malquerencia, le insultaran; pero ¿qué motivo tenían para hacerlo también
los soldados? ¿No es evidente que el diablo se había entonces apoderado de
todos? Crueles e inhumanos, hacían juego de sus injurias, y, cuando
debieran haberle compadecido, cuando debieran haber llorado, como hacía el pueblo mismo, hicieron lo contrario: le injuriaron y burlaron, no sabemos si por congraciarse también ellos con los judíos o movidos de su propia malignidad. ¡Y qué variedad de injurias! Hombres abominables y sacrílegos, unas veces le golpeaban su divina cabeza, otras se la taladraban con la corona de espinas, otras le daban con la caña. ¿Qué razón tendremos ya nosotros para conmovernos por las injurias después que tales cosas ha
sufrido Cristo? Lo que con Él se hizo es ya el último extremo del oprobio.
Porque no era una sola parte, era el cuerpo entero lo que se le maltrataba: la cabeza, por la corona; el rostro, por las bofetadas y los esputos; las mejillas, por los cachetes; el cuerpo entero, por los azotes, por la desnudez, por el manto de púrpura, por la fingida adoración; la mano, por la caña que le pusieron en ella’ para que hiciera de cetro; la boca, por el vinagre que le
ofrecieron en su sed. ¿Qué puede darse de más duro y más insultante? Lo
que con Jesús se hizo sobrepasa todo razonamiento. No parece sino que los
judíos hubieran temido dejar nada por hacer en su crimen, y así, a los
profetas los mataron por sus propias manos, y a Jesús, por sentencia del
juez. Así lo hacen ellos todo. Ellos ejecutan por su mano, ellos juzgan y
condenan a sus solas primero y luego ante Pilatos, cuando gritan: Que su
sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Ellos, además, le insultan e injurian, atándole por su propia cuenta y luego conduciéndole; ellos son causa de las burlas de los soldados, ellos le clavan en la crux y le escarnecen y le escupen y le hacen objeto de irrisión. En todo esto, nada tuvo que ver Pilatos. Ellos lo hacen todo. Ellos son a la vez acusadores y jueces y verdugos. Ellos lo son todo.


LA PASIÓN, LEÍDA ANTE EL PUEBLO
Y todo esto se lee entre nosotros, cuando todos se hallan reunidos. Para que
no puedan decir los gentiles que mostramos al pueblo y a la gente los hechos brillantes y gloriosos de la vida del Señor, como los prodigios y milagros, pero ocultamos los oprobios e ignominias, la gracia del Espíritu Santo ha dispuesto que todo eso se lea cuando hombres y mujeres acuden en masa, cuando todos sin distinción asisten a la vigilia de la pascua; que cuando toda la tierra está presente, se proclame con voz clara la pasión del Señor. Y cuando ésta se lee y se da a conocer a todo el mundo, Cristo es creído Dios. Y uno, entre otros, de los motivos por que se le adora es por haberse dignado abajarse tanto y padecer tanto por nosotros, a fin de enseñar nos toda virtud. ¡Qué rica ganancia, cuánto provecho no nos resultará de ahí!
Porque al contemplarle sarcásticamente adorado con gestos y con acciones, y hecho blanco de burlas, y, después de esta farsa, abofeteado y sometido a
los últimos tormentos, aun cuando fueres más duro que una piedra, te
volverás más blando que la cera y arrojarás toda hinchazón de tu alma.


LA CRUCIFIXIÓN
Escuchad, pues, lo que sigue. Después que se hubieron burlado del Señor,
los soldados le llevaron a crucificar, dice el evangelista, y, desnudándole,
tomaron sus vestidos y, sentándose, esperaron hasta que expirara. Y se
distribuyen sus vestidos; lo cual sólo se hacía con condenados viles y
miserables, que a nadie tenían y morían en la más absoluta soledad. Se
reparten, pues, aquellos vestidos que tantos milagros habían obrado antes;
pero nada hicieron entonces, pues Cristo retenía en sí su poder inefable. No
era ello pequeño aumento de su ignominia, pues, como he dicho, contra Él se atrevían a todo, como si fuera un infeliz, el más despreciado y el más vil de los hombres todos. Por lo menos, nada de eso hicieron con los ladrones. Sólo con Cristo se atrevían a todo. Así le crucificaron en medio de los dos, a fin de que se le pegara algo de su infamia. Y le dieron a beber vinagre, también para injuriarle; mas Él no lo quiso. Otro evangelista dice que, habiéndolo gustado, dijo: Cumplido está’. —¿Qué quiere decir: Cumplido está? —Se ha cumplido la profecía sobre esto: Me dieron—dice—hiel para mi comida, y en mi sed me abrevaron con vinagre. Por lo demás, tampoco Juan dice que lo bebiera, porque poca diferencia va de gustar simplemente a no beber. En realidad, ambas expresiones vienen a decir lo mismo. Y, sin embargo, ni aun aquí se detienen en sus injurias. Le han desnudado, le han crucificado, le han dado a beber vinagre; pero aun pasan más adelante. Le contemplan clavado en la cruz, y todavía le escarnecen ellos y los que por allí pasan. Y le echan en cara lo que más podía herirle: que todo aquello lo sufría por impostor y embustero, como un arrogante que sólo por bravuconada había dicho lo que dijo. De ahí su interés en crucificarle públicamente, pues así le podrían ultrajar a la vista de todo el mundo. De ahí también que lo hicieran por mano de los soldados, pues, cometiendo tales desafueros en público tribunal, el oprobio tenía que ser mayor.


SARCASMOS DE LOS SUMOS SACERDOTES
A la verdad, ¿a quién no hubiera conmovido la muchedumbre que
acompañaba llorando al Señor? Pues a estas fieras no las conmovió. Por eso, el Señor se dignó hablar con aquéllos, pero no con éstos. Éstos, digo, que, después de hacer lo que quisieron, pusieron todo su empeño en herirle
también en su honra, por miedo a su resurrección. De ahí que públicamente
le insulten, y que le crucifiquen entre dos ladrones, y digan ahora para dar a entender que era .un embustero: Tú que destruyes el templo de Dios y en
tres días lo reedificas, baja de la cruz. Luego, como dijeron a Pilatos que
quitara la causa de la muerte de Cristo que aquél mandara escribir sobre la
cruz, y que decía: El rey de los judíos, y no lo consiguieron, antes se afirmó
el gobernador en ello, diciendo: Lo que he escrito, he escrito, ellos trataron
de hacerle ver por medio de sus sarcasmos que no era Jesús rey verdadero.
Por eso dijeron lo ya mentado y otras muchas cosas: Si es rey de Israel, baje
ahora de la cruz. Y además: A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse.
Con lo que intentan desacreditar sus pasados milagros. Y otra vez: Si es Hijo
de Dios, sálvese a sí mismo. ¡Oh hombres execrables sobre toda execración!
¿Acaso los profetas no eran profetas ni los justos justos, porque Dios no los
librara de los peligros? Lo eran ciertamente, aunque también ellos sufrían.
¿Qué insensatez, pues, puede compararse a la vuestra? Si nada daña a
aquéllos en vuestra opinión el hallarse entre peligros, sino que eran profetas, aun padeciendo lo que padecieron, mucho menos debierais escandalizaros de Cristo, que por sus obras y sus palabras había constantemente tratado de corregir esa falsa idea vuestra. Sin embargo, a despecho de todo lo que hacían y decían, nada pu-dieron conseguir contra el Señor ni siquiera en el momento de su crucifixión. Por lo menos, allí estaba el ladrón, que, no obs tante estar corrompido de maldad suma y haberse pasado la vida en matar gentes y perforar paredes, cuando los sumos sacerdotes lanzaban contra Jesús todos esos sarcasmos, él ie confesó y recordó su reino. Y el pueblo, por su parte, le lloraba. A la verdad, lo que estaba sucediendo, para quienes no conocieren el misterio de la cruz, parecía dar testimonio de lo contrario, es decir, de la debilidad e impotencia del Señor; mas la verdad pudo afirmarse aun en medio de tantos hechos que parecían contradecirla. Considerando todo esto, armémonos contra toda irritación, contra toda ira. Guando vieres que se te enciende el corazón, sella tu pecho, poniendo sobre él la cruz; recuerda entonces un paso de la pasión del Señor, y, al re-cuerdo de lo que Él sufrió, sacudirás de ti, como polvo, todo sentimiento de enojo. Considera sus palabras, sus hedhos. Considera que El es Señor, tú esclavo; que É1 sufrió por ti, y tú sufres por tu culpa; Él por quienes había colmado de beneficios y le estaban crucificando, y tú por ti mismo; Él por los que le habían injuriado, y tú muchas veces por los mismos a quienes has agraviado; en presencia de la ciudad, o, por mejor decir, en presencia de todo el pueblo judío, de los forasteros y de los naturales, ante quienes antes hablara palabras de amor y misericordia, y tú en presencia de muy pocos. Y, lo que fue mayor ignominia, haberle abandonado sus discípulos. Pues fue así que los
que antes le servían huyeron de su lado; y sus enemigos, que le habían
hecho siempre la guerra, rodeándole ahora que está puesto en un palo, le
injurian y le in-sultan, hacen befa de él, se le ríen y le escarnecen: judíos y
soldados abajo; arriba, a uno y otro lado, los bandidos. Porque también los
ladrones le insultaban, los dos le lanzaban sus denuestos. —Entonces—me
dirás—, ¿cómo dice Lucas que uno de ellos reprendía al otro? —Las dos cosas sucedieron. Al principio los dos le insultaron; pero luego no. No quería el Señor se pensara que se habían puesto de acuerdo y que el ladrón no era ladrón. Los insultos del principio demuestran que sobre la cruz había un verdadero bandido y enemigo de Cristo, pero repentinamente se transformó en amigo. Considera, pues, todo esto y pórtate como verdadero filósofo. ¿Qué sufres tú que pueda compararse con lo que sufrió tu Señor? ¿Que se te ha insultado públicamente? Pero no tanto como a Él. ¿Que eres ultrajado? Pero no en tu cuerpo entero ni, como Él, azotado y desnudo. Y si también has sido abofeteado, nunca tanto como Él.


LA PASIÓN DEL SEÑOR, ESCUELA DE PACIENCIA
Añadamos a todo eso quiénes le hacen sufrir, por qué motivo y en qué
tiempo. Y, lo que es más grave, que, mientras así se le maltrataba, nadie
hubo que reprendiera ni tachara de inhumanos aquellos hechos. Al contrario, todo el mundo aplaudía, todos se unían en las burlas y escarnios, todos le insultaban como a impostor y embustero, como a fanfarrón que no era capaz de mostrar en los hechos lo que había dicho de palabra.
Él callaba a todo, y así nos preparaba el mejor remedio, que es la paciencia.
Mas nosotros, no obstante oír todo esto, no la tenemos ni con nuestros
esclavos, sino que saltamos y coceamos más que onagros, crueles e
inhumanos, cuando se nos ofende a nosotros, indiferentes a las injurias que
se hacen a Dios. Lo mismo hacemos con nuestros amigos. Una molestia que
recibamos, no la sabemos soportar; una injuria que nos hagan, nos
enfurecemos más que una fiera, nosotros, que diariamente j.eemos la pasión del Señor. Un discípulo le traicionó; los demás le abandonaron y huyeron; los que de Él habían recibido beneficios, le escupieron; el criado del sumo sacerdote le dió un bofetón; los soldados le dieron también de cachetes, los transeúntes se le mofaban e insultaban; los ladrones le acusaban. Y Al no pronunció palabra contra nadie, sino que a todos los venció con el silencio, con lo que prácticamente te enseñaba que cuanto con mayor paciencia sufras, tanto mejor vencerás a quienes te hacen mal y más admirado serás por todo el mundo. Porque ¿quién no admira al que sufre valerosamente las injurias de sus adversarios? Aun cuando uno sufra justamente, si lo lleva con paciencia, la gente cree que padece injustamente; así, por lo contrario, el que sufriendo injustamente se irrita con aspereza, da la impresión de que sufre justamente, y es objeto de general rechifla por haberse dejado arrastrar, cautivo, de la ira y haber perdido su propia dignidad. Porque a ese tal no debe siquiera llamársele hombre libre, aun cuando fuere señor de mis esclavos. ¿Me dices que fulano te irritó sobremanera? ¿Y qué? Entonces es cuando tú has de demostrar tu filosofía, pues, cuando nadie las azuza, las mismas fieras vemos que están mansas. Porque ni las fieras mismas son siempre feroces, sino cuan-do alguien las irrita. ¿Qué hacemos, pues, de más nosotros, si sólo somos mansos cuando nadie nos azuza? En realidad, aquéllas tienen frecuentemente razón en mostrar su fiereza, y bien se las puede excusar si, provocadas y heridas, atacan. Por otra parte, ellas están desprovistas de razón y la fiereza les viene de natural instinto. Mas tú, dime: ¿qué perdón puedes tener de tu fiereza y salvajismo? ¿Qué daño has sufrido?
¿Que se te ha robado? Pues súfrelo, a fin de ganar más de lo que te han
robado. ¿Te han quitado la honra? ¿Y eso qué? En nada se disminuye por ello lo que es verdaderamente tuyo, con tal de que te portes como filósofo. Si, pues, no sufres daño alguno, ¿a qué te irritas contra quienes no te hacen
mal, antes bien te traen provecho? En efecto, los que alaban, hacen más
flojos, si no están muy sobre sí, a los que ya son desidiosos; en cambio, los
que injurian y desprecian a los que vigilan sobre sí mismos, los hacen más
pacientes y constantes. Los tibios más daño reciben de quienes los honran
que de quienes los injurian. Éstos, por poco que vigilemos, son causa de que
practiquemos la filosofía; aquéllos no hacen sino exaltar nuestro orgullo,
llenarnos de arrogancia, vanidad y tontería y debilitar más y más nuestra
alma. Bien nos lo atestiguan los padres que reprenden más que alaban a sus
hijos, temerosos de que puedan recibir daño de la alabanza; y del mismo
remedio se valen con ellos los maestros. De modo que, si de alguien hay que
apartarse, más bien debemos huir de los que nos adulan que no de los que
nos injurian. Porque a los que no atienden a sí mismos, más les daña el cebo
de la adulación que no la injuria; y más difícil es dominar la adulación que no la injuria. Y, naturalmente, el galardón y la admiración también es mayor; porque, a la ver-dad, más admirable es ver a un hombre injuriado y que no se conmueve, que no golpeado y que no responde con otro golpe. – -Y ¿cómo es posible—me dirás—no conmoverse? — ¿Te ha injuriado alguien? Pon sobre tu pecho la señal de la cruz, acuérdate de todo lo que en ella sucedió, e inmediatamente toda ira se apagará. No consideres sólo las injurias que has recibido; piensa también si no has recibido alguna vez algún favor del mismo que te ha injuriado, y verás qué pronto te sientes manso. O más bien piensa, antes que en otra cosa, en el temor de Dios, y rápidamente serás moderadoy modesto.


APRENDE DE TUS MISMOS ESCLAVOS
Aparte todo esto, aprende la lección que te dan tus mismos esclavos. Cuando ves que tú los insultas y ellos callan, considera que es posible la filosofía y condena tu propia aspe-reza. Más: en el momento mismo de recibir las injurias, acostúmbrate a no injuriar, y verás cómo no sientes dolor de ser injuriado. Considera que el que te injuria está fuera de sí y es un loco, y no te enfadarás por sus injurias. También los endemoniados nos pegan, y no sólo no nos enojamos, sino que les tenemos compasión. Haz tú también lo mismo. Compadécete del que te insulta, pues se halla presa de las garras de una terrible fiera, que es la ira; está poseso de un duro demonio, que es la cólera. Libra tú al que está bajo la acción de ese duro demonio y en un momento queda corrompido. Porque este vicio es de tal naturaleza, que no necesita ni de tiempo para la perdición de aquel a quien domina. De ahí el dicho de aquel sabio: Porque el momento de su ira es caída para , con lo que manifiesta lo tiránico de esta pasión, pues en un momento hace grandes males. No hace falta larga permanencia, pues si a su ímpetu se añade también la duración, es muy difícil de dominar. Yo quisiera ahora ponerte delante al iracundo y al filósofo y que vieras al desnudo el alma de uno y otro. La una verías que se asemeja a un mar agitado por las olas; la otra, a un puerto libre de toda turbación; pues no sólo no se deja perturbar por esos malos vientos, sino que con facilidad deshace su ímpetu. Todo el empeño, en efecto, de los que injurian es morder, herir a su adversario; ahora bien, cuando esta esperanza les falla, ellos mismos calman su furor y se retiran corregidos. Porque no es posible que un hombre furioso de ira no termine por condenarse a sí mismo. A la verdad, si es menester proceder contra alguien, puede hacerse sin ira, y es más fácil y más prudente que con ira, y no sufrir disgusto alguno. Porque con sólo que queramos, los bienes estarán en nuestras manos y podremos con la gracia de Dios bastarnos para nuestra propia seguridad y honor. Porque ¿a qué buscas la gloria de parte de los demás? Hónrate tú a ti mismo y nadie podrá deshonrarte; mas si tú a ti mismo te deshonras, aun cuando todos te honren, no serás honrado. Porque a la manera que si nosotros no nos hacemos daño a nosotros mismos, nadie podrá dañarnos, así, si nosotros no nos injuriamos a nosotros mismos, nadie podrá avergonzarnos. Supongamos a un hombre admirable y grande, y a
quien todos llamen adúltero, ladrón, profanador de sepulturas, asesino y
bandido, y que él no se irrita ni se enoja por nada de esto, pues no tiene
conciencia de nada de lo que se dice contra é1. ¿Qué injuria—auténtica
injuria—sufrirá por ello? Absolutamente ninguna. Y ¿qué—me dirás—, si son muchos los que tienen de él esa opinión? Ni aun así recibe injuria. Los que a sí mismos se cubren de oprobio son los que le tienen por tal sin serlo. Porque dime: Si uno tuviera al sol por oscuro, ¿a quién desacreditaría: al sol o a sí mismo? Evidentemente, a sí mismo, pues nos haría pensar que es un ciego o un loco. Por modo semejante, a sí mismos se cubren de vergüenza los que tienen por malos a los buenos. Por eso, lo que importa es tener limpia nuestra conciencia y no ofrecer asidero ni sospecha mala contra nosotros mismos. Que otros, teniendo nosotros tranquila la con-ciencia, quieran hacer el loco, no hay por qué nos preocupemos ni nos apenemos. Porque el que tiene fama de malo siendo bueno, ningún daño recibe de ello para ser lo que es; mas el que sospecha sin razón ni fundamento, ése sí sufre el más grave daño; como, por lo contrario, el malo, no porque se le tenga por bueno, gana nada por ello, antes su condenación será más dura y vendrá a parar a mayor tibieza. Porque el que es malo y por tal es tenido, por lo menos puede humillarse y reconocer sus pecados; pero, si su maldad pasa inadvertida, cae en la insensibilidad. Porque si, aun cuando todos los acusan, a duras penas se levantan los que pecan y llegan a compungirse; si no sólo no se los acusa, sino que hay quienes los alaban, ¿cuándo llegarán a ver que viven en la maldad? ¿No oyes cómo reprende Pablo a los corintios porque no sólo no dejaron al fornicario reconocer su propio pecado con sus honores y aplausos, sino que por ahí acrecentaron su maldad?


EXHORTACIÓN FINAL: GUARDEMOS PURA LA CONCIENCIA
Por eso, yo os exhorto a que, dando de mano a las opiniones del vulgo, a sus
honras y a sus injurias, sólo en una cosa pon-gamos empeño: en que nada
malo nos reproche nuestra con-ciencia y en no deshonrarnos a nosotros
mismos; pues de este modo, aquí y en lo venidero, gozaremos de mucha
gloria. La cual así la alcancemos todos, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, con quien sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, la gloria y el poder ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.