Hoy en muchas parroquias vemos algo que hace décadas era impensable: aplausos durante la Santa Misa. Después de la homilía, de un canto, o cuando alguien hace algo especial. Pero surge una pregunta importante: ¿es esto apropiado dentro de la liturgia?
Primero debemos recordar algo fundamental: la Misa no es un espectáculo.
La Misa es el Santo Sacrificio de Cristo renovado en el altar.
Por eso, la actitud propia del fiel es silencio, recogimiento y adoración.
El entonces cardenal Joseph Ratzinger, quien luego sería el Benedict XVI, explicó claramente:
“Donde irrumpe el aplauso en la liturgia por causa de algún logro humano, es señal segura de que se ha perdido completamente la esencia de la liturgia.”
Esta frase aparece en su libro The Spirit of the Liturgy.
La razón es sencilla: la liturgia no está centrada en el hombre, sino en Dios.
También la instrucción Redemptionis Sacramentum recuerda que:
“Todos deben evitar cualquier cosa que pueda introducir confusión o distraer de la naturaleza sagrada de la celebración.” (n. 5)
Y el General Instruction of the Roman Missal enseña que durante la Misa debe mantenerse una actitud de reverencia y recogimiento acorde con el misterio que se celebra.
Durante siglos, especialmente en la tradición de la Misa tradicional en latín, el aplauso no formaba parte de la liturgia.
Porque en la Santa Misa no celebramos talentos humanos, ni al sacerdote, ni al coro.
Celebramos el sacrificio de Cristo.
Por eso, delante de Dios, la respuesta más apropiada no es el aplauso… sino la adoración.








