Las deudas no son buenas porque limitan nuestra libertad, generan preocupación constante y pueden convertirse en una carga que afecta tanto nuestra vida personal como familiar. Cuando vivimos endeudados, parte de nuestros ingresos futuros ya están comprometidos, lo que dificulta ahorrar, ayudar a otros o responder a emergencias. Además, la deuda puede fomentar hábitos de consumo impulsivo y llevarnos a gastar más de lo que realmente podemos permitirnos. La prudencia financiera, recomendada incluso por la Sagrada Escritura, nos invita a vivir dentro de nuestras posibilidades, administrar bien los bienes que Dios nos ha confiado y evitar convertirnos en esclavos de las obligaciones económicas.
Cristian Mendez asesor financiero católico responde preguntas de Luis Román sobre las deudas financieras.
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