¿Qué significa para el país que León XIV nos visite? El nuestro es un pueblo, hasta ahora, mayoritariamente católico, a pesar de una historia complicada que ha procurado borrar la herencia hispánica.
La presencia del Papa puede despertar en el pueblo la conciencia de su catolicidad. Esto es lo más importante que puede ocurrir a tantas familias que el actual gobierno ha desplazado. La miseria cunde en el pueblo argentino bajo el pretexto del neoliberalismo. Pero no se pueden arrebatar los valores espirituales a quienes, bautizados en la infancia, han seguido siempre practicando la fe. Esto es lo que perdura, y que puede reanimarse con la visita de León XIV.
Esta presencia no va a inducir directamente una mejora en el ámbito temporal, pero no será posible sostener que el neoliberalismo asegure el futuro a tantos hombres que buscan trabajo. Según la Doctrina Social de la Iglesia, el trabajo es primordial. En las primeras páginas de la Biblia se lee que Dios creó al hombre y lo puso en la tierra para que con su trabajo la haga crecer y expandirse. En la Argentina de hoy falta trabajo; muchas empresas nacionales tienen que cerrar porque no pueden hacer frente a la competencia, sobre todo a la que procede de China.
Los valores espirituales recuerdan al pueblo que ellos sostienen el esfuerzo cotidiano, y que éste vale la pena y puede superar a la ideología que se ha impuesto. La democracia no puede reducirse al predominio de ciertos factores ideológicos que resultan elegidos en un turno electoral. La visita de León XIV puede recordar los valores permanentes que asisten a las familias, en las cuales el varón aporta lo necesario para la mujer y los hijos. Estos son los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, que se fue formulando lentamente y que los Papas como León XIII reivindicaron. La Argentina del siglo XX los incorporó a la vida social y el neoliberalismo no los podrá desplazar. La presencia entre nosotros de León XIV debería recordarnos lo mejor de nuestra historia.
En su segunda visita a la Argentina, San Juan Pablo II, el 10 de abril de 1987 (hace casi 40 años), nos hizo un apremiante llamado:¡Iglesia en Argentina! «Levántate y resplandece, porque ha llegadο tu luz, y la gloria del Señor alborea sobre ti» (cf. Is 60, 1)… ¡Cómo pido a Dios que Argentina camine en la luz de Cristo! Cuatro décadas después, aún es una tarea pendiente.
La Iglesia en nuestro país sufre, especialmente desde los años sesenta del siglo pasado, una sangría constante de fieles. El número de quienes se reconocen como católicos ha disminuido del 90 al 57 por ciento; con tendencia a la baja. El anuncio de Jesucristo ha sido seriamente comprometido, y hasta desfigurado con ciertas prácticas episcopales de hablar solo de «lo político y social». Y las corrientes progresistas como la «teología de la liberación», y en su versión criolla de la «teología del pueblo» han vaciado seminarios, congregaciones religiosas, y parroquias. También entre nosotros se cumple aquello de «la Iglesia hizo la opción por los pobres, y los pobres hicieron la opción por los pentecostales».
A este complejo panorama se le suma que, desde 2013, se ha producido una inflación de obispos. ¡En algunas diócesis hay más obispos que seminaristas! Y el nombramiento de jóvenes obispos auxiliares, de la línea del pontificado anterior, hace que humanamente hablando no puedan esperarse, en los próximos años, rectificaciones de rumbo. Menuda tarea tiene León XIV, por delante, para nuestro país. Solo el anuncio y testimonio lúcido, claro y coherente de Jesucristo, hará que la Iglesia argentina recupere algo del terreno perdido. Y vuelva a tener cierto peso en la sociedad. Es el mismo Señor quien nos llama a ser sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-24).