Joven exhibe sobre la lengua una hostia consagrada y realiza un gesto obsceno con la mano.

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En los últimos años se ha hablado mucho de la necesidad de atraer a los jóvenes a la Iglesia. Se organizan conciertos, actividades recreativas, encuentros y eventos multitudinarios. Todo eso puede tener un valor, pero la pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué les estamos enseñando cuando llegan?

Hoy vemos a muchos jóvenes que se identifican como católicos, pero no saben explicar el Credo, desconocen el significado de los sacramentos y, lo más preocupante, no comprenden que en la Sagrada Eucaristía está Jesucristo verdadera, real y sustancialmente presente. Esta falta de formación doctrinal no es un problema de la juventud, sino de una catequesis que en muchos casos ha privilegiado la experiencia sobre la enseñanza de la fe.

La Iglesia no necesita solamente llenar auditorios o aumentar la asistencia a actividades juveniles. Necesita formar católicos que conozcan, amen y defiendan su fe. Porque cuando alguien entiende quién está realmente sobre el altar, cambia por completo su manera de participar en la Santa Misa, de acercarse a la Comunión y de vivir la adoración eucarística.

Al mismo tiempo, hay motivos para la esperanza. Muchos de los jóvenes que hoy defienden públicamente la fe, estudian el Catecismo, aman la liturgia y promueven la adoración al Santísimo demuestran que las nuevas generaciones sí responden cuando reciben una formación sólida y fiel a la doctrina de la Iglesia.

La solución no consiste únicamente en preguntarnos cómo atraer más jóvenes, sino en asegurarnos de que, una vez dentro de la Iglesia, descubran el mayor tesoro que poseen los católicos: Jesucristo vivo y presente en la Eucaristía. Cuando un joven comprende esta verdad, ya no busca solo una actividad parroquial; encuentra el centro de su vida en Cristo mismo.

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