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Llegó el 8 de mayo de 1902, día en que se conmemoró la Ascensión de Nuestro Señor ese año. El cielo, al que Cristo había ascendido hacía casi dos mil años, parecía estar cerrado por grandes nubes opacas. Las explosiones volcánicas fueron creciendo en volumen y muchos habitantes huyeron de la isla mientras las campanas de la iglesia repicaban para el servicio de Solemnidad.

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Cuando llegó el turno de la joven confirmanda, esta se arrodilló y el Obispo le hizo el ademán de que se levante, conversaron brevemente, pero la muchacha permaneció arrodillada.
El Obispo volvió a hablar con la joven que seguía de rodillas, hasta que un acólito le pidió que se vaya, lo que finalmente hizo sin recibir la Comunión. 

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